Los veranos me han olido desde que era pequeño. Cada verano
ha venido oliendo diferente y recuerdo con detalle la fragancia de cada uno de
ellos como si los estuviera viviendo.
El primero y más antiguo que me viene a la memoria es el del
92. Con 7 años, me tocó ver las
olimpiadas en una televisión portátil en
blanco y negro con una pantalla de menos de cuatro pulgadas. En el apartamento
donde veraneábamos mi familia y yo nos amenizábamos mezclando lecciones de
Física y Química, de Sabina, con Bachatas de color de rosa, de Juan Luis
Guerra. Ese verano olió a mar, más que nunca. Al vinagre que me friegaban para
amortizar el empacho de sol y a lapas. Todavía había lapas y hasta yo me
atrevía a llenar bolsas y esquivar accidentes resbalando por las rocas llenas
de musgo con mis cangrejeras enfundadas como el peor pescador.
Luego vinieron veranos muy similares, en los que compartí
olores con mis amigos en los cuales se mezclaba el olor del salitre de la playa
a donde mi madre se empeñaba en ir , y el del cloro de la piscina que enseñó a
nadar a mi generación. Recuerdo, no sin regañarme, el olor a esterilla mojada,
a barquillos del color de las bachatas, con nombre tropical, a moras e higos
que eran testigos y protagonistas de nuestros primeros hurtos y nuestras
segundas manchas.
A partir de 1995, los veranos empezaron a dividirse por
épocas ( o al menos yo me puedo acordar con más detalle de cada momento) En
junio, el olor a sal dejaba el mar y manchaba las calles de mi pueblo,
mezclándose con mastranto y palmas recién cortadas. Luego era el fuego el
protagonista , el que ponía el punto de pólvora a las fiestas en las que el
mayor de los actos era la cena inusual de Hamburguesa y el jugar al
escondite o al “ agarrar” esquivando
parejas de bailantes.
Avanzaba el verano y el siguiente olor era a Eucalipto. Buda
lo tenga en su gloria.
Agostó siempre pasó entre monotonía y despedidas. El olor a
sal, siempre presente se llenaba de pipas de girasol y millo asado. Siempre
olió a reencuentro y a 11 meses que contarse. A primeros besos y primeras
cartas mezcladas con olor a lápices nuevos y a libros que revisar y estrenar.
Los olores de verano, allí donde me criaron, se hacen más fuertes cada cinco
años, tanto como para convertirse en patrón de tiempo y repetirse…
Con olor a coche nuevo, los veranos huelen diferente, o se
mudan, o se descubren nuevos olores… La mar no bate igual, ni sabe lo mismo…. Y
los veranos son el mar.
Por Euterpe, empecé a conocer el olor que tiene el momento
anterior a que empiece algo esperado…A frutas rojas y velas verdes, a los new
yores y las señoritas Dior…. A azules claros y pelos quemados… a cocodrilos. A
guayaba con hielo y cañita…. A AMISTAD…a amor.
Si tengo que llevarle la contraria al calendario, el verano
empieza, en mi cabeza el 1 de junio. No se a que olerá el que arranca hoy. Por
lo pronto, solo estoy seguro de que de todos los olores que tendrá mi verano,
habrá uno que ya conozca. Y es que, desde el momento en que quise saber tu
nombre, mis veranos huelen a ti.
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